Memorias y olvidos del Bristol Hotel
Publicidad para el Bristol Hotel en la “Revista de los Carabineros de Chile”, año 1927.
Un edificio histórico ha sobrevivido al final de la calle Bandera, entre General Mackenna y Balmaceda: el otrora prestigioso y elegante Bristol Hotel... Y sobrevive a pesar de que carga con el estigma de verse visualmente disminuido por su proximidad a la construcción imponente de la Estación Mapocho, obra que atrapa casi todas las atenciones desde el entorno. Hubo una época en que, incluso, el inmueble intentó parasitar en la percepción urbana a la gran terminal de trenes, pues fue pintado del mismo color rosa-anaranjado que ostenta este.
Es tan curiosa la forma redondeada del ex Bristol Hotel en aquella esquina punta de diamante, como fue también la animosidad de algunas autoridades para con él, casi empeñadas en destruirlo como un estorbo u obstáculo, y es que muchos fueron incapaces de valorarlo entre tantas otras distracciones arquitectónicas del barrio, incluso hasta tiempos muy recientes. Parece casi un favor de alguna providencia el que ahora siga de pie y en pleno uso, de hecho, pues estuvo a punto de desaparecer en las proximidades del Bicentenario Nacional.
Entre varias otras razones, famoso era el hotel por las visitas seguras que tenía a diario y durante la mejor época de la actividad comercial del barrio y de los pasajeros de la estación. Esto era notorio especialmente durante días de la semana, esos no tan consagrados a la fiesta nocturna en aquellas cuadras, pero debido a los viajeros del último tren que llegaba desde la costa ya en horas oscuras hasta Estación Mapocho y que pasaban sagradamente a tomarse una copita (o más bien varias) al bar que tenía en su salón del zócalo, por lo que, en la práctica, el hotel funcionaba como una extensión del “barrio chino” de la misma calle Bandera, allí en la cabecera norte del mismo.
Aquello no impedía que el bar y restaurante de cocina permanente fuera otro concurrido centro de atracción para los vividores del barrio también durante el fin de semana, por supuesto. Eran, pues, los años de la bohemia desatada en la calle; esa que no perdonaba rincón sin inundarla. Dichos establecimientos del hotel fueron llamados en alguna época Bristol, en Bandera 960 (por el frente del edificio), y Liverpool, en avenida Balmaceda 1128 (por el costado). Este último fue conocido en los años cuarenta tenía entradas también por el lado de General Mackenna.
Como era de esperarse, al hotel y comedor del Bristol arribaban miles de turistas por temporada, desembarcados de los ferrocarriles y partiendo desde los andenes hacia la entrada histórica del edificio en la entonces llamada avenida Mapocho 1114, ahora Balmaceda. Después harían lo mismo quienes venían desde las cercanas terminales de buses en calle Amunátegui, a pasos de la Cárcel Pública y del hervidero de burdeles que alguna vez hubo por allí. Esta vecindad con los centros de viajeros dejó al Bristol como un lugar de privilegio para captarlos, haciéndolos su fuente principal de su existencia y popularidad. Por esta razón, en sus inicios tenía recepcionistas que dominaban varios idiomas para la atención adecuada, además de cumplir altos estándares internacionales según presumía en sus memorias y publicidad. En su primer piso hubo por largo tiempo también varios locales comerciales, peluquerías y almacenes que se observan en las fotografías más antiguas que se conservaron.
El flamante edificio del Hotel Bristol, en revista "Sucesos" de 1916. Estaba recién entrando en primeras funciones.
El Bristol Hotel hacia los años veinte. Se observa la entrada a la Peluquería el Viajero, favorita de los que necesitaban un retoque en el pelo, de ida o vuelta por la Estación Mapocho.
El Bristol Hotel en 1928. Imagen histórica en las fichas del Consejo de Monumentos Nacionales.
Caluga publicitaria del Bristol Hotel en 1937. Se distinguen los puestos comerciales que por entonces levantaban toldos por su zócalo. Fuente imagen: Revista "En Viaje".
Bar y Restaurante Liverpool, vecino al zócalo del Hotel Bristol, en aviso de
mayo de 1943 publicado en la prensa. Fue uno de los favoritos de los usuarios del ferrocarril.
Bar y restaurante Bristol, en el zócalo del hotel del mismo nombre, tomada por el lado de avenida Balmaceda, hacia los años veinte o treinta. La entrada principal del establecimiento recreativo era por entonces en Bandera 960 (por el frente del edificio). Fotografía del archivo de imágenes de Chilectra.
Edificio del Hotel Bristol en 1988, ya decadente y con la también venida a menos Estación Mapocho más atrás. En sus buenos años, en el salón del primer piso funcionaba un famoso y concurrido bar, favorito de muchos usuarios del servicio de ferrocarriles. Fuente imagen: diario "Las Últimas Noticias".
El folclorista Roberto Parra tocando en la explanada de la Estación Mapocho. De fondo: el ex Hotel Bristol a la derecha, y el Edificio Schwab a la izquierda. Imagen del documental "Prontuario de Roberto Parra" de 1996, de la colección personal de don Hermann Mondaca.
De acuerdo a documentos como los archivos del Consejo de Monumentos Nacionales, el hotel había comenzado a levantarse hacia 1913. El empresario detrás del proyecto era el comerciante Humberto Quenette, encargándole el diseño y la construcción al prestigioso arquitecto español José Forteza, el mismo autor de la ya desaparecida maravilla que fue alguna vez el Palacio Undurraga de la Alameda con Estado. Era la época en que la flamante estación del ferrocarril exhortaba al progreso y a toda su promesa de prosperidad para el barrio, junto con otros edificios hoteleros construidos en el mismo. Fue concluido hacia fines de 1916, como se verifica en reportes fotográficos de la revista "Sucesos" de aquel año, y pudo ser abierto en plenas operaciones a partir del siguiente, según parece.
En la guía turística “El Amigo del viajero en Chile” aparece una temprana publicidad del Bristol. Y, entre los archivos fotográficos de la Municipalidad de Santiago, existe una imagen fechada en 1928 en donde se observa, en lo alto de su fachada y dando hacia Balmaceda, la gran marquesina o letrero ostentando su nombre Bristol Hotel con soberbia. A la sazón el negocio estaba a cargo de la sociedad Nofre y Vicente, como se lee en la publicidad del año anterior en la “Revista de los Carabineros de Chile”, gaceta de esta institución policial que acababa de ser fundada. Entendemos que el bar propio era licitado o arrendado en aquellos años.
Hacia 1934 el Bristol tuvo un nuevo cambio de comandancia y pasó a manos de don León Durandin. Comenzó a ser promovido ahora en publicaciones tales como la “Guía del Veraneante” de la Empresa de Ferrocarriles del Estado: allí encontramos, por ejemplo, un aviso de 1942 prometiendo al público “estricta honorabilidad” y total atención procurada “por sus propios dueños”. Su actividad social continuaba siendo muy intensa en esos años: muchos encuentros festivos se pudieron realizar en él y no pocas visitas ilustres alojaron allí, a veces con las respectivas ceremonias de recepción. Manifestaciones institucionales y veladas con presencia de autoridades tuvieron lugar en esas dependencias, como se observa en otros anuncios y notas de la prensa en la época.
La familia artística Parra conoció también al Bristol y sus
virtudes: decía Ángel Parra en "Dos palomitas y una novela corta" que, tras ir a
esperar a su padre todos los miércoles en la estación, hasta donde este último
llegaba en el tren de las 11 de la mañana (era trabajador del mismo sistema),
partían desde allí mismo al bar del hotel, cruzando Balmaceda, con lo que seguían la tradición de los viajeros de Mapocho. Iban por cerveza
el primero y vino blanco el segundo, para ser más precisos. Además de esto, las
hermanas Violeta e Hilda habían tocado en vivo durante algunas temporadas de septiembre
en una vecina tienda de radios y tocadiscos llamada Radio Bandera, en la calle
del mismo nombre llegando a Mapocho, por lo que este barrio resultaba bastante familiar al clan Parra.
Conocido es también el dato de la residencia que, por algún período, tuvo el poeta Pablo de Rokha en el mismo hotel, ya en los años sesenta. Se cree que ahí habría recibido incluso al polémico y desenfrenado vate norteamericano Allan Ginsberg durante su visita a Chile, cuando fue invitado a un encuentro de poesía: era un personaje conocido y respetado en esos años cuando se incubaba el futuro movimiento New Age, principalmente por su prédica contra el militarismo y la represión sexual, pero en tiempos cuando algunos detalles escabrosos y condenables de su vida personal aún no se hacían públicos.
Sin embargo, con la disminución de las operaciones en la Estación Mapocho y la desaparición de la bohemia en el "barrio chino", la situación del Bristol comenzaría a opacarse rápidamente en los años setenta, según nuestro cálculo. Aquel decaimiento y posterior cese del mismo servicio de ferrocarriles, ese que había permitido el nacimiento al Bristol, parece haber sido el miasma que iría empujando hacia su fin a este y varios otros hoteles dependientes de la clientela de la estación y los cercanos buses... En otras palabras, el ciclo vital enla historia de barrio Mapocho se cerraba.
En 1991, cuando su época resplandeciente ya había pasado definitivamente, el edificio del hotel, ahora sumido en la vejez y la falta de utilidades, fue adquirido por la Municipalidad de Santiago destinándolo a oficinas administrativas. Así, comenzó a rondar sobre él un muy real peligro, cuando en medio de la fervorosa preparación de los ánimos para las fiestas del Bicentenario Nacional alguien tuvo la escalofriante idea de levantar una monstruosa torre o antena de 257 malvados metros de altura, proyecto que había llenado de maquetas las mesas de un jurado ad-hoc con las más diversas propuestas, “voladas” y pastiches postmodernistas imaginables. Ya en el año 2002 se anunciaba que aquella atrocidad sería levantada en donde se encuentra el edificio, precisamente.
Justo cuando iba preparándose la demolición del clásico inmueble de la historia urbana y la arquitectura (dos disciplinas cada vez más parecidas a la arqueología en una ciudad adicta a la destrucción y educada a terremotos, como es Santiago de Chile), vino una eventual salvación. La oposición al proyecto no había tardado en comenzar a manifestarse y, por presión desde la opinión pública, llegar a frustrar la ilusión de la Torre Bicentenario, siendo desalojada de allí y comenzando a mendigar cobijo por varios otros rincones de la capital. Esto, sumado a la falta de presupuesto de la Municipalidad de Santiago para levantar el megalómano plan, terminaría por relegar tales pretensiones al claro oscuro y, desde allí, al sueño final del olvido. El Bristol se salvó de las manos del turbador concepto de aquella modernidad forzada e inmediatista, en consecuencia.
Sin poder hacer más vista gorda a la importancia urbana e histórica que aún mantenía el edificio, entonces, en marzo de 2007 el Ministerio de Educación dio al ex hotel el estatus necesario para su reconocimiento oficial de conservación, no obstante que el destino sugerido para aquellas dependencias ha permanecido como un tema de larga discusión y fluctuaciones. Una de las más plausibles propuestas ha sido la de convertirlo en museo o centro cultural dedicado a Rokha, como ilustre ex morador del hotel, pero sigue pendiente darle un destino realmente provechoso y socialmente útil al mismo.
gracias criss!
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